Lo que el Beisbol me enseñó

El mes de Junio tenía cien años sin saber que era estar en los años 90, esta vez era el inicio de la última década del siglo XX. Fue una impecable mañana de sábado, los vendedores de raspao, y hot dogs se preparaban para lograr el mejor día en ventas de la semana. Los árboles se encargaban de dar la sombra perfecta para los carros que estacionaban cerca y al mismo tiempo dejaban caer sus almendras en las ventanas y capós, ensuciándolos y generándoles trabajo inmediato al lavador de autos. La naturaleza es sabia.

Mi madre atendía a la clientela del barrio que pasaban a recoger los vestidos que lucirían en los eventos de esa noche, eran horas de mucho movimiento donde se mezclaba el emprendimiento, el diseño, la atención personalizada, un buen tinto, el sonido de una máquina de coser, el cuaderno de las medidas, el sacapuntas, el lápiz mongol, el borrador de natas, los retazos que adornaban el suelo, las tijeras que recorrían el alma de las telas, los hilos haciéndole el amor a las agujas para bordar el corazón del último diseño. Así se cosían estos recuerdos especiales que hoy saco de mi memoria.

Por su parte mi padre entregaba su obra del mes, unas calles pavimentadas que 25 años después siguen en perfecto estado, encendió su Renault 4 y salió a recoger a mi abuelo Rafa y llevarlo para que se sintiera orgulloso viendo a sus nietos jugar un partido de béisbol en el campo, que colinda con el hospital donde nació mi hermano José, quien siempre ha tenido un gran talento para el deporte y para el orden. A diferencia mía, que queriendo seguir sus pasos fallezco en el intento.

Esa mañana, John Smart, hombre que vendía las sodas más frías del lugar, atendía a uno de sus clientes más fieles, un niño tomador de sodas que haría la hazaña del día.

Era el último inning, la pizarra marcaba un empate. 2 niños: uno en primera y otro en segunda base, este con ansiedad de anotar la carrera ganadora, recibir los abrazos y las felicitaciones de sus amiguitos. El siguiente en turno al bate: el cliente de John, con pinta de beisbolista y alma de animador, le generaba mariposas asesinas en el estomago al entrenador, porque ponía en riesgo el juego más importante del final de la temporada.

Un sol más brillante que el talento de Nietzsche y Einstein juntos nos acompañaba en ese glorioso momento. Los cantos animadores de los padres, madres y espectadores para apoyar a sus familiares eran infinitos. El pítcher del contrincante enviaba una mirada amenazante para intimidar al pobre joven de 9 años que cargaba la responsabilidad de todo su equipo.

El lanzador lanza su bola más rápida para ponchar a su adversario, al bateador le sudan las manos, le tiemblan las piernas, cierra los ojos y de repente ¡PUM! Un milagro, un hit qué pasa por el short stop, era el momento soñado, el entrenador saltaba de la emoción, la tribuna vibraba de la felicidad y el nuevo joven estrella corría incansablemente, era fascinante, imborrable, memorable, hasta un extraño instante en que vio y escuchó los “NO, NO, NO, REGRESAAAA” gritados de tanta gente, acompañados de brazos agitados dando una señal hacían entender que algo andaba mal.

El niño jugador emocionado olvidó que debía correr hacia la primera base y decidió ir hacia tercera de una vez.

Al igual que la mía, así es la vida de muchas personas, una emoción que nos ciega y nos hace olvidar que existen unas bases por las que debemos pasar para poder anotar. Ahora, si tenemos motivos que nos aceleran el corazón y queremos darnos otra oportunidad, este es el momento ideal para ir base por base y llegar a home. ¿Se encargará la vida de permitirnos anotar por primera vez la carrera correcta?

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